Honestidad brutal

Que difícil es explicar con palabras el orgullo y el amor que siento por Juan.

Gloriosa posibilidad nos brinda hoy la tecnología para que el día de mañana el pueda leer estas líneas. Es terrible para los hombres expresar amor tan abiertamente. Amor y cualquier otro sentimiento. Es tan cruel la cultura machista con la que fuimos criados, que uno elegiría que Juan lea esto luego que uno ya no esté más en esta tierra, para no ruborizarse ante tanta expresión de afecto, ¿vió? Y a esto último quiero referirme esperando no extenderme demasiado.

Voy a los hechos entonces. Con sus 10 añitos recién cumplidos, Juan aún conserva la espontaneidad, transparencia, honestidad y demás cualidades (póngale usted el mote de negativas o positivas según prefiera).

Días pasados, un niño (compañerito de curso) decidió festejar la primavera a la salida del cole. Invitó a todos los varones, va … casi todos. Entre los pocos que no invitó estaba Juan. Comentario aparte, Juanchi nunca invita a ese nene a casa. Nunca nos lo pide y nosotros no forzamos esa situación, dándole lugar a su libre elección para estar con quien quiera. El tema es que hay padres que no se manejan igual que nosotros. Por lo general, madres que están en la puerta del colegio media hora antes de que los niños salen y se van media hora después de charlar de … (dejémoslo ahí, pero no es bueno que la gente este desocupada). En todo ese tiempo que están en el colegio, las madres se relacionan entre ellas, ¿pero qué pasa? A veces los niños no comparten esa relación con los hijos de la otra madre “parlanchina”. Esto hace que muchas veces, los niños inviten a sus casas a otros niños que tal vez no sean tan afines con él pero que por una cuestión de “relaciones públicas” de la madre, deben “bancarse” la situación.

Volviendo al tema en cuestión, este niño organizador del evento de la primavera (junto a su madre) no es muy invitado a las casas de nadie, pero como su madre está siempre en la puerta, en ciertas ocasiones se ve beneficiado por la diplomacia de las otras madres que no quieren tener interferencias con su compañera de “puerta de escuela”. Esto es bueno para el niño, aunque se está resolviendo la consecuencia de su problema sin atender la causa del mismo. Pero esa es harina de otro costal.

La cuestión es que cuando Juanchi se enteró que no iba, se puso mal. Se enteró por otros niños que, algunos de ellos, como sus padres, les encanta hacer leña del árbol caído y disfrutan (con mucha diplomacia, claro) del sufrimiento ajeno.

Dos de estos niños empezaron a hablar con Juan y este es el hecho al que quiero referirme. Le hablaban como dos adultos: es decir, decían ”pestes” del otro cuidándose, claro, que el otro no los escuchara. El objetivo era “aliviar” la angustia de Juan. En medio de las barbaridades que Juan escuchaba sobre el niño en cuestión, Juan frenó a los pequeños parlantes y les dijo: ¿les puedo hacer una pregunta?, los dos quedaron en silencio, Juan prosiguió: ¿cuando ustedes están con él, hablan así de mí? Silencio final.

Honestidad brutal. Conozco mucho a mi hijo. Deberé analizar que hizo mal él y más aún si hay algo que estoy haciendo mal yo para que no sea invitado a este tipo de eventos. Pero su pregunta, que dejó mudos a ambos niños, solo apuntaba a saber si el estaba haciendo algo malo o que le cayera mal a ese nene y por tal motivo, este último no lo invitó a la celebración de la primavera. La pregunta de Juan partió desde la más absoluta inocencia, 100% transparente y ni un gramo de doble sentido.

En la portada de este blog reza la frase de Jorge Drexler: “Se aprende en la escuela, se olvida en la guerra, un hijo te vuelve a enseñar” ¡Que gran verdad!¡Que lección para nosotros los adultos que vivimos criticando a los otros por la espalda y después le ponemos cara de buenos amigos! ¿Cuántos adultos se animarían a frenar en seco con esa pregunta, a alguien que está criticando a otro que les hizo algún daño? Y parece tan sencillo, ¿no? ¿Cuánto durará esa transparencia en el alma de Juan?

“Se aprende en la escuela, se olvida en la guerra, un hijo te vuelve a enseñar”

¿Que duda cabe que es así?

Gracias hijo, para mí, sos un libro abierto.

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Que no nos pase

Ni como padres, ni como hijos…

Convengamos también, que este video tiene su costado artístico y que es solo un ejemplo que quiere dar el autor.

Todos heredamos conductas y actitudes de nuestros padres. Es difícil que un hijo actúe así cuando su padre no actúa o haya actuado alguna vez de esa manera, ¿no?

Y un padre que repite esa pregunta tan frecuentemente a su hijo que lee tranquilamente el periódico, ¿que está buscando? ¿molestarlo?, ¿hacerle sentir culpa?, ¿recriminarle por lo bien que lo trató él cuando era un niño?

No es una actitud lógica la del padre tampoco. Es solo un ejemplo y un lindo video para ver y que no nos pase.

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El egoísmo de ser padres 2

Alguna vez escribí en este blog sobre El egoísmo de ser padres. En aquel artículo hacía referencia al egoísmo y la poca conciencia que tenemos los padres cuando encaramos la paternidad: “que lindo tener la parejita: varón y nena”, “yo quiero tener varón”, “a mi me gusta que sea nena”, “hay que tener todos los chicos juntos para criarlos de una vez y después te olvidas”, y demás frases por el estilo uno dice o escucha decir como si estuviéramos eligiendo objetos en una tienda.

Un ejemplo claro y concreto de lo que quiero decir con “el egoísmo de ser padres”, lo refleja esta nota del diario Clarín:  Murió la española que tuvo gemelos a los 67 años, que ya está en todos los diarios del mundo.

Léanlo y los invito a la reflexión.

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Día del Papá 2009

¿Que me gustaría que me regalen para este Día del Padre? No quiero caer en el lugar común de decir: “con recibir el afecto de los hijos me alcanza”, pero más allá de que a uno siempre le gusta que lo sorprendan con algo, a mi me sobra con el simple hecho de escuchar a Juan (sin que él me vea) repitiéndole a sus amigos, las palabras exactas que le dije yo a él sobre el partido de fútbol que vimos en la tele, o que en la calle vean a Rami y me digan “es igual a vos”, o que Cata (solo a veces, no quiero herir susceptibilidades) se sienta molesta a la noche cuando está en la cama conmigo y llega Sofi a involucrarse en ese momento tan nuestro.

Claro, aquí caemos en el tema de la idolatría que sienten los hijos por los papás a esta temprana edad. Esa utopía de pensar que todo el mundo se puede equivocar menos los padres de uno, nos trae más de un disgusto después de grandes al comprobar que no es tan así.

Y ahí vuelvo a lo que escribí aquí mismo, para el Día del Padre pasado: seamos amigos de nuestros hijos, ¿quien dijo que esta mal? Ellos necesitan saber que somos personas simples, comunes, con aciertos y virtudes, como sus amigos.

El creernos invulnerables genera una distancia y esa distancia censura el diálogo entre papás e hijos: “¿como voy a decirle a mi papá que me equivoqué?”, y yendo un poco más lejos, en esta sociedad machista: “¿como aceptar adelante de mi viejo que me gusta una mina que me hace llorar porque no me da bola?”.

Deberíamos sortear esas barreras, superarlas y llegar a tener un diálogo más fluido con los hijos. Ese que se tiene con un amigo. Que ellos sepan que a nosotros también nos pasó y no nos animábamos a hablar.

No hay amigo en el mundo que los quiera más que el papá. El consejo de un papá es el consejo de un amigo pero con muchos más años de experiencia que los amigos comunes.

No se si yo podré lograr ese vínculo en el tiempo, al menos voy a intentarlo, a algún lado voy a llegar y mis hijos continuaran el camino y mis nietos, bis nietos, FELIZ DÍA DEL PADRE PARA TODOS LOS PAPÁS!!! En especial al mío, que con sus aciertos y errores, siempre estuvo al lado mío y de mis hijos, gracias papá…

día del padre

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Isn´t she lovely?

Cata cumple dos añitos en breve.

Esa mujer, esa pequeña mujer atravesada entre mis párpados, que no me deja dormir, que abre los ojos y me invita a ver mi desventura y mi fortuna…y no me deja dormir esa pequeña mujer…(adaptación del tema Secreta Mujer del “Nano” Serrat)

Le voy a regalar algo, cualquier cosa. A esta temprana edad los niños no le dan importancia a la magnitud del regalo, eso viene después, cuando nos transformamos en “ciudadanos civilizados”.

Recién venía caminando por la calle con ella. Venía en su mundo, cantando, sin ningún apuro, a esta temprana edad los niños no corren para llegar rápido a ninguna parte, eso viene después, cuando nos transformamos en “ciudadanos civilizados”.

Yo la contemplaba caminando y me producía una enorme ternura. Para los de mi generación (años más, años menos), pasaba desapercibida. Es tan chiquita que ni la veían. Además, todos con ese apuro y esa cara de preocupación parapetada en sus rostros. Los más grandes, les diría de 60 para arriba, si se detenían al verla. La miraban, me miraban a mi y me decían “que hermosa”, “que divina, como canta”, etc. Yo, orgulloso la acompañaba al lado y agradecía.

La situación me despertó una reflexión. Los años dan sabiduría. Con los años uno aprende a valorar lo verdaderamente importante, aquello que dejamos de ver los “ciudadanos civilizados”, enceguecidos por la rutina y el apuro,  cuando dejamos de ser niños. Hay una parte en el medio de la vida en donde nos deshumanizamos y valoramos cosas sin importancia. Hay una parte de la vida, quizás la de mayor plenitud y autonomía del ser humano, en donde pararnos a contemplar a un niño riendo es una pérdida de tiempo. Esa es la etapa en donde la sociedad nos convierte en “ciudadanos civilizados”. Muchos pudimos disfrutar la infancia, ahora el objetivo sería salir lo más rápido de esta etapa “civilizadora” y alcanzar lo más rápido posible, la sabiduría que le da la vida a los mayores, para disfrutar cuánto antes del verdadero sabor de las cosas, sin importarnos la discriminación a la que somete la “sociedad civilizada” a los individuos cuando dejan de ser “productivos”. Saber detenernos en el camino a contemplar y disfrutar de las cosas hermosas que nos “regala” la vida. Esas cosas no tienen precio, son regalos. Y uno de esos regalos es Cata, a quien, además del presente de cumpleaños que voy a hacerle, le dejo este tema de Stevie Wonder. Espero que algún día lo vea, lo disfrute y lo valore como un instante que se tomó su “papá civilizado” un martes a las 2.52 PM para dedicarle estas palabras.

Isn´t she lovely????

 

Listo, voy a continuar con mis tareas “urgentes” de “ciudadano civilizado”.

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Drogas: un buen comienzo

Estos días de frío conspiran contra la salud de nuestros hijos (un pequeño homenaje al Doctor Socolinski), pero también conspiran contra los planes de fines de semana de los padres.

Una de las primeras cosas que uno debe aprender como padre es que sus tiempos, ya no son sus tiempos y que todo plan, actividad, por más divertida o costosa que sea, con los chicos o solo el matrimonio o incluso el padre o la madre con sus amigos/as por separado, está sometida a la condición en que se encuentren nuestros niños. Si los niños se enferman, todo plan queda suspendido o postergado.

Últimamente me he encontrado (muy a menudo por cierto) en salidas de amigos con hijos, con que los hijos de esos amigos tienen temperatura (como mínimo). Los padres, que no quieren resignar la salida, ¿que hacen? Si, acertó más de uno: llevan Ibupirac. El Ibupirac es un remedio anti térmico color naranja de un sabor casi les diría agradable (al menos para mis hijos) que tiene la facultad de levantar a los chicos más caídos. He visto a mis hijos incluso, con temperatura de 38 grados para arriba y a la media hora de haber tomado el Ibupirac están como si nada. La droga debe ser bastante fuerte para ellos. Y como toda droga, debe ser suministrada bajo estricta indicación médica y con extrema cautela.

Sin embargo, hay padres, que ya tomaron nota del poder del Ibupirac y lo usan como si fuera agua bendita para no resignar su diversión, aún a costa de la enfermedad de sus hijos y del contagio de los hijos de los demás…

FIEBRE~1

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Mensajes de amor de curso legal

Hace un tiempo se ha instalado en los cumpleaños de los chicos, el hecho de juntarse entre los invitados al mismo, para regalarle plata al agasajado. No se desde cuando se ha impuesto esta moda porque cuando yo era niño, no existía.

Todo tiene que ver con un montón de cosas (supongo), falta de tiempo para comprar regalo, falta de creatividad para pensar en el regalo adecuado para cada niño (a la creatividad me volveré a referir en próximos párrafos), no establecer diferencias entre lo que se le regala a uno y lo que se le regala a otro, etc.

Lo cierto es que este tema de juntar plata, al que nosotros por las cuestiones mencionadas previamente y otras, nos hemos adherido recostados en la comodidad de que en la sala hay una mamá encargada de esos menesteres y a la que solo le tenemos que dar el dinero y listo, trae sus consecuencias negativas.

A los hechos me remito: ayer, durante la cena le pregunto a Juan que quería hacer para su cumpleaños; ¿vas a invitar a las nenas? (aclaración: desde hace un tiempo, las nenas del grado de Juan festejan sus “cumples” sin invitar a los nenes que “lo único que tienen en la cabeza es una pelota de fútbol”). Juan me sorprendió con su respuesta. Cuando yo esperaba un “NO” rotundo (para que los juegos de nenas no le quiten tiempo al fútbol), el me contestó con un “SI, OBVIO” y continuó: “así tengo más plata de regalo”.

Me quedé mudo. A los chicos no les importa quien venga con tal de que les traiga plata, ¡QUE GARRÓN! Algo estamos haciendo mal, me dije, lo tenemos delante de los ojos y no lo queremos ver.

Más allá de la crisis financiera mundial, esto nos deja la enseñanza de que el capitalismo no ha muerto, está mas vivo y joven que nunca.

El título de este artículo es de una canción de Serrat que hace referencia a una mujer a la que solo le interesa el dinero de su novio, otra frase genial del Nano es esta: “Nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio”.

Dinero niños

Y les paso la canción de Serrat para que la disfruten…

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¿Quien se robó mi niñez?

Este artículo se iba a llamar “Chau Papá, te quiero mucho”, pero si la titulaba de esa manera iba a sonar a despedida y no es la intención de estas palabras que hoy escribo después de un buen tiempo.

La frase la repiten tanto Juan como Rami cada vez que nos despedimos por algún motivo: ellos al cole, yo al trabajo, etc.

Lo digno de destacarse es que, sin ruborizarse, la gritan a viva voz, sin importar quien este al lado escuchando: vecinos, compañeritos del cole, gente grande, otros niños, niñas, quien sea. Ellos lo gritan.

A mi me hace reflexionar. ¿En que momento nosotros, los adultos, perdemos esa espontaneidad? ¿Como hacer para que Rami y Juan (y, si Dios quiere, en un futuro cercano, Cata) no la pierdan?

¿Cuál es el momento de la vida en que alcanzamos “la madurez” suficiente como para no expresar abiertamente semejante sentimiento de afecto? ¿Eso es madurez? Si mantuviéramos esa frescura y espontaneidad cuando llegamos a “grandes”, ¿estaríamos mejor? No lo se, pero supongo que si.

Yo por mi lado, no puedo expresárselo a mi propio padre ni por asomo. Simplemente no me sale. Más de una vez me planteo el hecho de ser más afectivo con mis seres queridos, pero al llegar el momento…no puedo. Es mucho más fuerte que yo el…¿orgullo? ¿Vergüenza? ¿Machismo? ¡¡¡QUE MIERDA ES LO QUE NOS HA QUITADO LA POSIBILIDAD DE EXPRESAR AFECTO HACIA LOS OTROS!!!!

Mientras trato de descubrirlo, intentaré que Juan y Rami no pierdan ese don tan preciado que perdemos los seres humanos al alcanzar “la adultez”.

No es que quiera compararme ni mucho menos, ni pretender ser el único en el planeta que repara en estas cuestiones, pero estos temas ya preocupaban a personajes históricos como el “Che” Guevara, autor de la frase: “hay que endurecer el corazón pero sin perder la ternura jamás.”

Además, la frase que titula este post se la “robé” a este tangazo de Cátulo Castillo…

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¿Primero hay que saber sufrir?

La frase del título de este artículo forma parte del tango “Naranjo en flor” de los hermanos Expósito, tan bien interpretado por el querido “Polaco” Goyeneche, símbolo de la música ciudadana de Buenos Aires.
A mi, hoy me lleva a pensar en Rami. Acabo de dejarlo en su primer día de colonia. Le di un beso y quedó en manos del profesor de su grupo.

Antes de irme, me quedé un rato espiándolo. Estaba sufriendo. Su “profe” lo notó y lo sentó a su lado pero poco a poco fue comenzando con sus tareas cotidianas y Rami fue quedando en segundo plano. A mi se me partía el alma de verlo sufrir. Se aguantaba el llanto (como yo). Estaba solito, como apartado del resto porque, como es obvio, todavía no había podido hacerse amigo de otros nenes. Escondía sus ojos llenos de lagrimas debajo de la visera de su gorra de Spiderman. Miraba la nada como buscando algo que calme su angustia, pero no lograba serenarse. Yo permanecía escondido para que no me vea. Supongo que iba a ser peor.

Era muy sencillo para mí terminar con su tormento. Era simplemente entrar, tomarlo de una mano y llevármelo conmigo. Pero, ¿eso era lo correcto? Yo me debatía en esa duda mientras observaba su tristeza a escondidas.
Llevándomelo, iba a aliviar su angustia, pero eso no resolvía el problema de raíz. Además, ¿en que dolor estaba poniendo más foco?¿en el de él o en el mío?

Lo cierto es que, más allá de que el tango me encanta (en especial “Naranjo en Flor”), lo de “primero hay que saber sufrir…” conmigo no va. Esta cuestión de que “los hombres se hacen a los golpes”, es como que me cuesta digerirla o aceptarla.
En esa encrucijada me encuentro, sin saber que decidir.
¿Que es lo correcto? ¿Sacarlo de la colonia y que vaya cuando tenga ganas? ¿Dejarlo para que aprenda a adaptarse?
Mi personalidad es muy parecida a la de Rami. Yo se exactamente lo que está pasando por su cabecita ahora mientras está en la colonia y yo escribo estas líneas. A mi me pasaba lo mismo. Mi mamá no quería verme así, entonces resolvía el tema sacándome de esas situaciones que tanto me angustiaban. Claro, hoy con 39 años (al borde de los 40), aún me cuestan las adaptaciones.
¿Que debo hacer con Rami? A las 17 tengo que ir a buscarlo, voy a estar ahí 16.50 (como tarde). Cuando salga, voy a hablar con él. Eso será muy importante a la hora de tomar una decisión. Mientras tanto, sigo sufriendo…como el tango.

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Se fue Marcelo, el Quiosquero del barrio

Dicen “los que saben” que la vida útil de los quioscos depende de la venta de los cigarrillos. De hecho, este tipo de negocio, tuvo su origen a partir del tabaco. Marcelo, el quiosquero de la cuadra de mi casa, parecía ir contra la corriente. El no vendía cigarrillos. Una cuestión de principios. No quería venderle a la gente cosas que provoquen tanto daño a la salud.

Marcelo, era un muchacho de unos treinta y largos… pero tenía el alma de un niño de diez. Casado y con un hijito, el quiosco era su única fuente de ingresos. Había domingos en que lo cerraba para irse al Parque Rivadavia a conseguir figuritas difíciles de los álbumes que juntaban los chicos del barrio. El, además de juntar para él, les cambiaba a los chicos (mis hijos incluidos) sus figuritas por las que ellos no tenían. Poco a poco, se fue transformando en un referente. Era el centro de reunión de todos los chicos que juntaban figuritas. Todos sabían que Marce podía tener la difícil.

También se transformó en referente mío. Yo lo veía como un “Don Quijote de los quioscos” que luchaba contra las reglas del negocio ya establecidas. ¡Y estaba triunfando!

Quienes leen este blog, ya conocen mi opinión sobre el tabaco. Yo estuve presente más de una vez con Marcelo en su quiosco cuando alguien se le acercaba y le decía: “¿Me das un Marlboro?”. ”No, cigarrillos no vendo” contestaba Marcelo con el pecho inflado y sabiendo a lo que se exponía (hay como cinco quioscos en dos cuadras a la redonda y todos venden cigarrillos). Pero Marcelo mantenía su postura. Y se lo veía orgulloso. Yo veía en él a alguien que podía sobrevivir a las leyes pre establecidas del mundo de “los negocios a cualquier precio”.

La cuestión es que lamentablemente, Marcelo se fue. Ya me venía anunciando su decisión de irse hace rato. Todo el día ahí encerrado, no podía ni ver a su hijito crecer. Cuando me lo comunicó, lo sentí mucho. Casi tanto como mis hijos que perdieron su referencia a la hora de conseguir su figurita difícil.

El era muy reservado. Más allá de haberlo avisado a unos cuantos, de un día para el otro, cerró el quiosco y no volvió más. No quiso despedirse (demasiado sensible para llevar adelante un negocio). Cuando quise compartir esta pena por su ida con mi entorno, me encontré con varias respuestas inmediatas: “ahí tenemos que poner algo” era lo primero que venía a las mentes de la mayoría (enviciadas del mundo “comercializado” en el que se ha convertido nuestra bendita sociedad de consumo). Pronto, me di cuenta que mi dolor no era comprendido ni compartido.

Se fue Marcelo, el quiosquero. Recurriendo a una frase hecha, siento que los que estamos de este lado, “perdimos una batalla, no la guerra” … la guerra ya la perdimos hace rato.

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