Este artículo se iba a llamar “Chau Papá, te quiero mucho”, pero si la titulaba de esa manera iba a sonar a despedida y no es la intención de estas palabras que hoy escribo después de un buen tiempo.
La frase la repiten tanto Juan como Rami cada vez que nos despedimos por algún motivo: ellos al cole, yo al trabajo, etc.
Lo digno de destacarse es que, sin ruborizarse, la gritan a viva voz, sin importar quien este al lado escuchando: vecinos, compañeritos del cole, gente grande, otros niños, niñas, quien sea. Ellos lo gritan.
A mi me hace reflexionar. ¿En que momento nosotros, los adultos, perdemos esa espontaneidad? ¿Como hacer para que Rami y Juan (y, si Dios quiere, en un futuro cercano, Cata) no la pierdan?
¿Cuál es el momento de la vida en que alcanzamos “la madurez” suficiente como para no expresar abiertamente semejante sentimiento de afecto? ¿Eso es madurez? Si mantuviéramos esa frescura y espontaneidad cuando llegamos a “grandes”, ¿estaríamos mejor? No lo se, pero supongo que si.
Yo por mi lado, no puedo expresárselo a mi propio padre ni por asomo. Simplemente no me sale. Más de una vez me planteo el hecho de ser más afectivo con mis seres queridos, pero al llegar el momento…no puedo. Es mucho más fuerte que yo el…¿orgullo? ¿Vergüenza? ¿Machismo? ¡¡¡QUE MIERDA ES LO QUE NOS HA QUITADO LA POSIBILIDAD DE EXPRESAR AFECTO HACIA LOS OTROS!!!!
Mientras trato de descubrirlo, intentaré que Juan y Rami no pierdan ese don tan preciado que perdemos los seres humanos al alcanzar “la adultez”.
No es que quiera compararme ni mucho menos, ni pretender ser el único en el planeta que repara en estas cuestiones, pero estos temas ya preocupaban a personajes históricos como el “Che” Guevara, autor de la frase: “hay que endurecer el corazón pero sin perder la ternura jamás.”
Además, la frase que titula este post se la “robé” a este tangazo de Cátulo Castillo…