Nunca voy a poder saber que es lo que iba a hacer realmente.
La ciencia ha avanzado a pasos agigantados. Hoy hay muchas cosas que uno puede saber antes de tomar ciertas decisiones. Eso está bueno por un lado, pero por otro…
Entiéndalo, la cuestión era definir si usted no iba a tener ningún problema. La ciencia, como le venía diciendo, es casi tan sabia como la naturaleza hoy por hoy. Al punto que nos pudo confirmar que usted, señora mía: tiene un 99,5% de probabilidades de no sufrir ningún inconveniente. Así lo aseguran los doctores. Todos ellos, especialistas de renombre. Nos lo dicen así como se lo digo: “ahora sí, luego de este estudio, podemos confirmarle que no va a tener problemas”. Como si eso fuera posible, ¿no?
Claro, ellos no hablan de todos los problemas. Ellos hablan de los problemas por los que los seres humanos, que según ellos, no tenemos problemas, discriminamos a los que, también según ellos, si los tienen.
¡¡Que trabalenguas!!
Es que usted tiene que entender: aquí, en este lugar adonde usted pronto va a venir, somos terribles, muy exigentes. Nos cuesta aceptar al distinto. Entonces el distinto está condenado al sufrimiento, al aislamiento. Todos debemos ser perfectos. Al menos en un 99,5%.
Por eso le digo que le debo una disculpa. Porque yo, al fin y al cabo, me hice eco del testimonio de los profesionales y accedí a que le hagan los estudios necesarios para saber con la mayor certeza científica posible que usted: no iba a tener ningún problema. Y acepté todo eso sin su consentimiento. Como si no me hubiera bastado haberla visto tan feliz y protegida en la ecografía, como si no hubiera escuchado sus latidos ansiosos por salir a jugar con sus hermanos.
Yo necesitaba que me digan que usted no iba a tener ningún problema, porque sino…sino no se que hubiera hecho. Nunca voy a poder saber que es lo que iba a hacer realmente.
Y ahora estoy tan arrepentido. Es que para hacerle los estudios puse en riesgo su vida y la de su madre. Yo la quería perfecta. Cueste lo que cueste. Hitler y Méngüele deben haber pensado algo semejante en algún momento para cometer las atrocidades que cometieron.
Y usted tan indefensa.
Mire Jazmín, creo que ese es el nombre que quisieron ponerle sus hermanos, hija mía, cuando usted venga aquí, yo voy a comprarle una Barbie: una muñeca perfecta, para compensar de algún modo, el haberla puesto a prueba para decidir finalmente si usted iba a venir o no. Una Barbie, se lo prometo.
Y espero que alguna vez, cuando usted tenga la madurez suficiente para analizar estas palabras que hoy escribo, lea esto y sepa disculparme.
La quiero mucho y estoy empezando a disfrutar de mi familia numerosa, aquella que he sabido criticar en otros artículos de este blog.
Un beso.
Su papá.
Le debo una disculpa, segunda parte « “La Edad de los Porque” (blog para papás). Se aprende en la escuela, se olvida en la guerra, un hijo te vuelve a enseñar. escribió,
octubre 5, 2010 @ 7:19 pm
[...] Ya he escrito sobre ella en este mismo blog, pero ahora, presente en cuerpo y alma tengo una mezcla de sensaciones extrañas. No es lo mismo que con los anteriores. Nunca es lo mismo. Pero ¡cuatro hijos! Es muy fuerte. [...]